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Labios
¡Oye! Labios, que te hablo,
¡oye! Que te amo, no lo olvides.
Y, sin decirte quién soy
te contemplo como a la luna y el sol.
Te contemplo y, con desmedida pasión
te besé, como al mar acaricié sus aguas.
Y siento que abstracto casi eres y,
a la vez, lejano como un astro;
en tu universo me sumerjo,
en tu azahar mi boca puse,
en tus caricias probé el tesoro que ocultas.
Ay labios! Que de habarte no me canso
y sin que nada extraordinario eres…
cuando el sol el infinito inunda,
encontrarte como el arco iris en la llovizna
es mi dulce sueño.
Y, aunque a una isla prohibida pertenezcas
pues, a esa isla también la quiero.
Niña mujer, niña.
De lluvia de primavera o de verano
imborrable flor sin estación y sin tiempo,
en cascada tus carnes rimas se vuelven
y, en mis manos, yo las poseo
para arrebatarlas vanidoso y avariento.
Teodoro Litviñuk- |
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